Dedicado a Craig Arnold.
El cuervo, oteando los granos finales del camino
se fija en tus migajas de vida desfallecidas al borde del olvido:
las pistas que vas dejando como un amigo del misterio y la muerte
te dejan poliforme
y de tu carne de gorrión se destilan negras plumas por la bóveda de nuestra sangre.
Hubo ese pasado
en que
Quisimos a tu lado;
junto a ti amamos el vino
y leímos de tus labios ebrios a Dickinson y a Hoagland.
Aprendimos de cada engranaje rebosante que por largo tiempo
seriamos tus amables traducciones.
Y siendo la tipografía de tus versos una noticia vaga
te reconocíamos como el argumento vago de un poeta
serio,
profano,
e inclemente
llamado destino.
Fuiste la noticia final de un abril inesperado
y te supiste, esa tarde japonesa,
aquella ave de “agorero canto”
que se resquebrajaba en una fisura rosa al final de una postal que jamás entenderíamos.
(De lejos vemos ahora tus condecoraciones
como los compatriotas ingratos ven a sus muertos.)
Al final de la velada
-y del poema-
no serás sino un recuerdo en falso
y tendremos que velarte por siempre
por las noches que juntos,
todos,
no pudimos fragmentarnos.
lunes 17 de agosto de 2009
jueves 18 de junio de 2009
Ocaso con algo de tedio.
“Os habla, más que yo, mi primer vino mientras la piel que
que sufro bebe sombra...”
Roque Dalton.
Hoy, como en la voz adolescente de un poema de Dalton, aunque sin secreto alguno,
bebo mi primer vino.
-Pero no el primero como un primogénito bastardo
que nace del olvido de viejas y remendadas camisas junto con algunas cartas del padre-
me refiero al primero –que es el último-
porque finalmente entiendo que lo que bebo es vino.
No una escaramuza paquidérmica de palabras
que por auxilio alguno hacen un poema anquilosado.
Hablo del primero porque tan sólo me seca la boca
y me impide amar o decir algo
y sólo me emborracha.
Es el primer vino porque lo bebo esporádico en algún sillín sin tiempo
y no entre los cómodos cojines de aquellas camadas balbuceantes
coloreadas de humo y habitadas por Mayos lejanos e incipientes.
Hoy, lejos de aquellos 15 años cuando el vino parecía un artificioso paraíso
o el pecado entre los bosques,
ya con la piel hecha dunas y la sombra agotada,
Sé que bebo el primero de mis vinos.
El primero porque, a pesar de que la soledad aún duele,
las lágrimas y ese agrio sabor a sangre
desmienten el sueño de que vivo
y, como la piedra,
me recuerdan que muero pronto.
El primero,
sé que es el primero,
porque sólo quedamos yo y el vino.
que sufro bebe sombra...”
Roque Dalton.
Hoy, como en la voz adolescente de un poema de Dalton, aunque sin secreto alguno,
bebo mi primer vino.
-Pero no el primero como un primogénito bastardo
que nace del olvido de viejas y remendadas camisas junto con algunas cartas del padre-
me refiero al primero –que es el último-
porque finalmente entiendo que lo que bebo es vino.
No una escaramuza paquidérmica de palabras
que por auxilio alguno hacen un poema anquilosado.
Hablo del primero porque tan sólo me seca la boca
y me impide amar o decir algo
y sólo me emborracha.
Es el primer vino porque lo bebo esporádico en algún sillín sin tiempo
y no entre los cómodos cojines de aquellas camadas balbuceantes
coloreadas de humo y habitadas por Mayos lejanos e incipientes.
Hoy, lejos de aquellos 15 años cuando el vino parecía un artificioso paraíso
o el pecado entre los bosques,
ya con la piel hecha dunas y la sombra agotada,
Sé que bebo el primero de mis vinos.
El primero porque, a pesar de que la soledad aún duele,
las lágrimas y ese agrio sabor a sangre
desmienten el sueño de que vivo
y, como la piedra,
me recuerdan que muero pronto.
El primero,
sé que es el primero,
porque sólo quedamos yo y el vino.
lunes 13 de abril de 2009
Partir.
Siempre hay demasiado tiempo para pensar.
Te vas,
te vas indefinidamente.
La piel quemada, los ojos marinos,
la boca como una tremenda tumba.
El frío, el mar, la dama,
el polvo de los días que han quedado entre tus dedos.
La sal que dejó sus besos.
Tu triste equipaje olvidado...
El viento es indiferente de este lado de la ventana,
(sin embargo,
te esmeras por tragarlo a bocanadas,
y decirle adiós con los labios.)
y el atardecer te recuerda que ahora también tu eres ocaso.
Ya despedirte resulta retórico,
y el malestar se vierte en tu frente... (te alejas)
sabes que el dolor
el beso amargo de partir
es para siempre recordar
no que te vas
...pero que te has ido.
Te vas,
te vas indefinidamente.
La piel quemada, los ojos marinos,
la boca como una tremenda tumba.
El frío, el mar, la dama,
el polvo de los días que han quedado entre tus dedos.
La sal que dejó sus besos.
Tu triste equipaje olvidado...
El viento es indiferente de este lado de la ventana,
(sin embargo,
te esmeras por tragarlo a bocanadas,
y decirle adiós con los labios.)
y el atardecer te recuerda que ahora también tu eres ocaso.
Ya despedirte resulta retórico,
y el malestar se vierte en tu frente... (te alejas)
sabes que el dolor
el beso amargo de partir
es para siempre recordar
no que te vas
...pero que te has ido.
miércoles 8 de abril de 2009
Las ciudades necesarias.
(un homenaje, quizás un insulto, a las Ciudades invisibles de Calvino: aquí sobre la muerte.)
...
-Polo, pero no me has hablado de aquella ciudad...- decía el emperador mientras prendía su pipa y se acariciaba la barba lisa y larga que le llegaba a los talones. El marinero, sin dejar su posición, reposó la taza de té sobre el piso y como haciendo una venia empezó:
-Lejos, en el centro de tu reino, se encuentra la ciudad que se llama Salomé y es la más melancólica de todas. Sus calles, a excepción de la principal, que guarda consigo una perfecta razón matemática, no son más que recobecos solitarios que guían en falso a cualquier visitante extraño que vaya de paso por el lugar, por lo que no es raro encontrar uno que otro extraviado entre los senderos escurridizos. Las variadas moradas, pues las hay diferentes, están usualmente hechas de piedra o mármol, y aunque creadas para trascender al paso intermitente del tiempo, ya se caen a pedazos y son más como ruinas que se desvanecen con el soplo frío del viento. Ahora, las pálidas avenidas, ligeramente alumbradas por el resplandor gris del cielo, son interminablemente recorridas por dos tipos de seres: los primeros, sus habitantes, son silenciosos y pálidos espectros que deambulan por el lugar; lánguidas y blancuchas luces invisibles que acompañan a cada visitante como guardianes, manifestándose únicamente como susurros de la memoria. Y los segundos, los infinitos huéspedes tristes y curiosos, no son más que personas de otras ciudades que buscan fielmente recobrar el furor de días pasados; vestidos de colores y algunos de negros atuendos, llevan flores a cada hogar de los que allí moran y piden por el porvenir de si mismos y los suyos.
Salomé, podría decirse, no es más que un gran salón de reuniones largamente previstas, reuniones en las que, por supuesto, ambas partes, moradores y visitantes, están tan empeñados en ser escuchados que olvidan siempre escuchar al otro, y entonces ni los susurros ni las plegarias son realmente atendidas. Sin embargo tan esperanzador parece comunicarse con el más allá (o más acá) que se empeñan en ser obedientes y entregados a sus rituales.
Tal es la devoción vivida en esta ciudad mi Khan, tal es el culto a los que ya se han ido; las personas como los espectros sobreviven del sentimiento que les produce pensar en que hubo tiempos mejores, y es precisamente en esta ciudadela vieja y en ruinas donde pueden tener ese espacio de memoria y olvido... Tal es la fuerza, mi Khan, de aquello que hubo y habría sido.
El Khan que atento había escuchado se levantaba ahora con gesto apático:
-¿Y por qué lo hacen? ¿Que acaso creen que son dioses o maravillosos genios que cumplirán todos sus sueños?
-¿Te molesta acaso que tu gente dependa de sus recuerdos?- replicaba Polo
-No. Lo que realmente me molesta es que pienso que al parecer este imperio no necesita un emperador,..
-Entonces ¿Qué mi Khan?-
-lo que necesita es un muerto....
...
-Polo, pero no me has hablado de aquella ciudad...- decía el emperador mientras prendía su pipa y se acariciaba la barba lisa y larga que le llegaba a los talones. El marinero, sin dejar su posición, reposó la taza de té sobre el piso y como haciendo una venia empezó:
-Lejos, en el centro de tu reino, se encuentra la ciudad que se llama Salomé y es la más melancólica de todas. Sus calles, a excepción de la principal, que guarda consigo una perfecta razón matemática, no son más que recobecos solitarios que guían en falso a cualquier visitante extraño que vaya de paso por el lugar, por lo que no es raro encontrar uno que otro extraviado entre los senderos escurridizos. Las variadas moradas, pues las hay diferentes, están usualmente hechas de piedra o mármol, y aunque creadas para trascender al paso intermitente del tiempo, ya se caen a pedazos y son más como ruinas que se desvanecen con el soplo frío del viento. Ahora, las pálidas avenidas, ligeramente alumbradas por el resplandor gris del cielo, son interminablemente recorridas por dos tipos de seres: los primeros, sus habitantes, son silenciosos y pálidos espectros que deambulan por el lugar; lánguidas y blancuchas luces invisibles que acompañan a cada visitante como guardianes, manifestándose únicamente como susurros de la memoria. Y los segundos, los infinitos huéspedes tristes y curiosos, no son más que personas de otras ciudades que buscan fielmente recobrar el furor de días pasados; vestidos de colores y algunos de negros atuendos, llevan flores a cada hogar de los que allí moran y piden por el porvenir de si mismos y los suyos.
Salomé, podría decirse, no es más que un gran salón de reuniones largamente previstas, reuniones en las que, por supuesto, ambas partes, moradores y visitantes, están tan empeñados en ser escuchados que olvidan siempre escuchar al otro, y entonces ni los susurros ni las plegarias son realmente atendidas. Sin embargo tan esperanzador parece comunicarse con el más allá (o más acá) que se empeñan en ser obedientes y entregados a sus rituales.
Tal es la devoción vivida en esta ciudad mi Khan, tal es el culto a los que ya se han ido; las personas como los espectros sobreviven del sentimiento que les produce pensar en que hubo tiempos mejores, y es precisamente en esta ciudadela vieja y en ruinas donde pueden tener ese espacio de memoria y olvido... Tal es la fuerza, mi Khan, de aquello que hubo y habría sido.
El Khan que atento había escuchado se levantaba ahora con gesto apático:
-¿Y por qué lo hacen? ¿Que acaso creen que son dioses o maravillosos genios que cumplirán todos sus sueños?
-¿Te molesta acaso que tu gente dependa de sus recuerdos?- replicaba Polo
-No. Lo que realmente me molesta es que pienso que al parecer este imperio no necesita un emperador,..
-Entonces ¿Qué mi Khan?-
-lo que necesita es un muerto....
martes 7 de abril de 2009
El ahora en la arena.
Ahora que el tiempo se viste de cifras y números
y no somos más que el escandeo interminable de las horas,
la vida triste se desvanece pronta
-y a la vista aquello por irse y no aquello que se ha ido.-
Entonces luchamos incesantes contra las corrientes del río
queriendo evitar la cara del mar que es el frío fracaso;
Y desprovistos de ideas cedemos a las máscaras para burlar lo inevitable;
el ocaso en el espejo
¿Dónde ha quedado acaso la posibilidad de una memoria,
de una lápida inerte, una honra esclarecida?
¿Dónde ha quedado ese cielo, esa elegía necesaria?
¿Acaso ya no hay rosa que pueda evitar su horrible destino
de vivir más de una vida?
De tanto huirle a la muerte
y proclamar permanencia
hemos también olvidado el olvido.
y no somos más que el escandeo interminable de las horas,
la vida triste se desvanece pronta
-y a la vista aquello por irse y no aquello que se ha ido.-
Entonces luchamos incesantes contra las corrientes del río
queriendo evitar la cara del mar que es el frío fracaso;
Y desprovistos de ideas cedemos a las máscaras para burlar lo inevitable;
el ocaso en el espejo
¿Dónde ha quedado acaso la posibilidad de una memoria,
de una lápida inerte, una honra esclarecida?
¿Dónde ha quedado ese cielo, esa elegía necesaria?
¿Acaso ya no hay rosa que pueda evitar su horrible destino
de vivir más de una vida?
De tanto huirle a la muerte
y proclamar permanencia
hemos también olvidado el olvido.
Madre.
Una señora ya en edades
no necesariamente vieja,
pero si eterna,
Llora.
Llora porque es madre,
porque le pesa más el vientre vacío.
Llora porque se sabe Tirano,
con la conciencia trágica de la ironía
de su muerte,
de su amor....
y se deforma.
Llora por desgraciada,
con las lágrimas de luto,
con las manos ya muy tiesas
con la piel dura y morena,
con la espalda desnuda...
Y sin embargo, aunque llora,
lo hace en silencio,
con la carga de los años escondida
con los labios bien sellados
y sangrando...
Llora en la oscuridad porque
así debe.
porque ella y los fantasmas se lo exigen
(lloras madre, y lo sé...)
con las lagrimas de muerto
siempre muy tiernas y muy fuertes.
no necesariamente vieja,
pero si eterna,
Llora.
Llora porque es madre,
porque le pesa más el vientre vacío.
Llora porque se sabe Tirano,
con la conciencia trágica de la ironía
de su muerte,
de su amor....
y se deforma.
Llora por desgraciada,
con las lágrimas de luto,
con las manos ya muy tiesas
con la piel dura y morena,
con la espalda desnuda...
Y sin embargo, aunque llora,
lo hace en silencio,
con la carga de los años escondida
con los labios bien sellados
y sangrando...
Llora en la oscuridad porque
así debe.
porque ella y los fantasmas se lo exigen
(lloras madre, y lo sé...)
con las lagrimas de muerto
siempre muy tiernas y muy fuertes.
Esa noche...
No hablaba de marañas
ni de arañas feas en tus cabellos.
Hablaba de una población enloquecida en tu cabeza
que habiéndose visto retorcida jugaba con tu pelo
como si se tratara de una feria.
Poblaban con locura tu semblante, como si recorrieran tu cuerpo silenciosos
y reventaban instantáneos en tus coyunturas.
Eran especies divertidas, ruidosas y espontáneas (no espantosas y homicidas)
eran fantasmas, eran espectros inadvertidos.
Vientos que explotaban intermitentes de tu vientre hacia las manos
desembocando casi todos en tu boca.
Eran fuentes irrisorias diminutas,
oráculos hambrientos,
deseantes,
anticipando como un juego el grandísimo espectáculo.
Eran bichos rechinantes con forma extraterrestre,
eran yuxtaposición de pensamientos
Eran mis besos en la cama,
mientras estabas tu riendo.
ni de arañas feas en tus cabellos.
Hablaba de una población enloquecida en tu cabeza
que habiéndose visto retorcida jugaba con tu pelo
como si se tratara de una feria.
Poblaban con locura tu semblante, como si recorrieran tu cuerpo silenciosos
y reventaban instantáneos en tus coyunturas.
Eran especies divertidas, ruidosas y espontáneas (no espantosas y homicidas)
eran fantasmas, eran espectros inadvertidos.
Vientos que explotaban intermitentes de tu vientre hacia las manos
desembocando casi todos en tu boca.
Eran fuentes irrisorias diminutas,
oráculos hambrientos,
deseantes,
anticipando como un juego el grandísimo espectáculo.
Eran bichos rechinantes con forma extraterrestre,
eran yuxtaposición de pensamientos
Eran mis besos en la cama,
mientras estabas tu riendo.
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