miércoles 16 de diciembre de 2009
Buenos aires en la memoria gráfica de 2 enamorados.
lunes 16 de noviembre de 2009
Carta a un fantasma.
Espero, hable por sí sola.
Pedro,
mi nombre es Santiago Quintero, soy un joven literato de 20 años y, con todo el respeto, creía que usted estaba muerto.
Hace unos años, 6 quizás, me encontré en los anaqueles viejos de mi casa su libro Fábulas y Verdades de un Garrafal Olvido. El libro, cubierto de días y polvo, se me aparecía amarillo y destartalado; en la primera página una dedicatoria a mi tía, de 1989. El libro lo leí tres años después y confieso que no lo he vuelto a leer desde entonces.
Cuando pudo, me dio a parir un poema que, dedicado a usted y a esa única obra que yo conocía, hoy -en vísperas del aniversario de la tragedia de Armero. quise dar a conocer a un amigo. El poema se lo adjunto a este mensaje. Ahora, quizás por la condición del libro, de lo que él habla, incluso por la dedicatoria que para nosotros los jóvenes parece de antaño (-¡clásica!-), me pudo jugar la Literatura su artimaña y me hizo creer que eso que leía era escrito por un fantasma
No obstante, le escribo todo esto porque hasta hace unos minutos, como escribo arriba, usted para mi estaba muerto y bastó una página de internet con su correo electrónico para traerlo de nuevo al mundo de los vivos. El episodio, no menos irrisorio que interesante, me dejó contemplativo como al Borges de la esquina rosada y, sin ser centro de cavilaciones sobre la inclemencia eterna del Tiempo, quedé pensativo sobre como la Literatura podía matar a medias a alguien. Por supuesto me invadió algo de risa, pues me parecía imposible la ironía trágica (o cómica?); era usted enterrado vivo...
Pero sin querer extenderme, sólo quería comentarle lo que ya es anécdota y regalarle lo sucedido. Y esperaba que viera esto como un triunfo de su libro sobre un lector (triunfo en esta era de los fracasos) y quizás un triunfo de la Literatura sobre la realidad. No espero respuesta alguna y sin embargo me gustaría discutir algún día, de pronto con un café o una comida, lo que hoy ha sucedido. Hoy se me renueva la máxima de Paz con este episodio, esa que habla del perdido asombro de estar vivo, y se me aparece en la mente una similar para concluir y sellar esta carta al olvido.....
...el repentino asombro de estar muerto.
Reciba un cordial saludo.
lunes 17 de agosto de 2009
Cuervo en el horizonte.
El cuervo, oteando los granos finales del camino
se fija en tus migajas de vida desfallecidas al borde del olvido:
las pistas que vas dejando como un amigo del misterio y la muerte
te dejan poliforme
y de tu carne de gorrión se destilan negras plumas por la bóveda de nuestra sangre.
Hubo ese pasado
en que
Quisimos a tu lado;
junto a ti amamos el vino
y leímos de tus labios ebrios a Dickinson y a Hoagland.
Aprendimos de cada engranaje rebosante que por largo tiempo
seriamos tus amables traducciones.
Y siendo la tipografía de tus versos una noticia vaga
te reconocíamos como el argumento vago de un poeta
serio,
profano,
e inclemente
llamado destino.
Fuiste la noticia final de un abril inesperado
y te supiste, esa tarde japonesa,
aquella ave de “agorero canto”
que se resquebrajaba en una fisura rosa al final de una postal que jamás entenderíamos.
(De lejos vemos ahora tus condecoraciones
como los compatriotas ingratos ven a sus muertos.)
Al final de la velada
-y del poema-
no serás sino un recuerdo en falso
y tendremos que velarte por siempre
por las noches que juntos,
todos,
no pudimos fragmentarnos.
jueves 18 de junio de 2009
Ocaso con algo de tedio.
que sufro bebe sombra...”
Roque Dalton.
Hoy, como en la voz adolescente de un poema de Dalton, aunque sin secreto alguno,
bebo mi primer vino.
-Pero no el primero como un primogénito bastardo
que nace del olvido de viejas y remendadas camisas junto con algunas cartas del padre-
me refiero al primero –que es el último-
porque finalmente entiendo que lo que bebo es vino.
No una escaramuza paquidérmica de palabras
que por auxilio alguno hacen un poema anquilosado.
Hablo del primero porque tan sólo me seca la boca
y me impide amar o decir algo
y sólo me emborracha.
Es el primer vino porque lo bebo esporádico en algún sillín sin tiempo
y no entre los cómodos cojines de aquellas camadas balbuceantes
coloreadas de humo y habitadas por Mayos lejanos e incipientes.
Hoy, lejos de aquellos 15 años cuando el vino parecía un artificioso paraíso
o el pecado entre los bosques,
ya con la piel hecha dunas y la sombra agotada,
Sé que bebo el primero de mis vinos.
El primero porque, a pesar de que la soledad aún duele,
las lágrimas y ese agrio sabor a sangre
desmienten el sueño de que vivo
y, como la piedra,
me recuerdan que muero pronto.
El primero,
sé que es el primero,
porque sólo quedamos yo y el vino.
lunes 13 de abril de 2009
Partir.
Te vas,
te vas indefinidamente.
La piel quemada, los ojos marinos,
la boca como una tremenda tumba.
El frío, el mar, la dama,
el polvo de los días que han quedado entre tus dedos.
La sal que dejó sus besos.
Tu triste equipaje olvidado...
El viento es indiferente de este lado de la ventana,
(sin embargo,
te esmeras por tragarlo a bocanadas,
y decirle adiós con los labios.)
y el atardecer te recuerda que ahora también tu eres ocaso.
Ya despedirte resulta retórico,
y el malestar se vierte en tu frente... (te alejas)
sabes que el dolor
el beso amargo de partir
es para siempre recordar
no que te vas
...pero que te has ido.
miércoles 8 de abril de 2009
Las ciudades necesarias.
...
-Polo, pero no me has hablado de aquella ciudad...- decía el emperador mientras prendía su pipa y se acariciaba la barba lisa y larga que le llegaba a los talones. El marinero, sin dejar su posición, reposó la taza de té sobre el piso y como haciendo una venia empezó:
-Lejos, en el centro de tu reino, se encuentra la ciudad que se llama Salomé y es la más melancólica de todas. Sus calles, a excepción de la principal, que guarda consigo una perfecta razón matemática, no son más que recobecos solitarios que guían en falso a cualquier visitante extraño que vaya de paso por el lugar, por lo que no es raro encontrar uno que otro extraviado entre los senderos escurridizos. Las variadas moradas, pues las hay diferentes, están usualmente hechas de piedra o mármol, y aunque creadas para trascender al paso intermitente del tiempo, ya se caen a pedazos y son más como ruinas que se desvanecen con el soplo frío del viento. Ahora, las pálidas avenidas, ligeramente alumbradas por el resplandor gris del cielo, son interminablemente recorridas por dos tipos de seres: los primeros, sus habitantes, son silenciosos y pálidos espectros que deambulan por el lugar; lánguidas y blancuchas luces invisibles que acompañan a cada visitante como guardianes, manifestándose únicamente como susurros de la memoria. Y los segundos, los infinitos huéspedes tristes y curiosos, no son más que personas de otras ciudades que buscan fielmente recobrar el furor de días pasados; vestidos de colores y algunos de negros atuendos, llevan flores a cada hogar de los que allí moran y piden por el porvenir de si mismos y los suyos.
Salomé, podría decirse, no es más que un gran salón de reuniones largamente previstas, reuniones en las que, por supuesto, ambas partes, moradores y visitantes, están tan empeñados en ser escuchados que olvidan siempre escuchar al otro, y entonces ni los susurros ni las plegarias son realmente atendidas. Sin embargo tan esperanzador parece comunicarse con el más allá (o más acá) que se empeñan en ser obedientes y entregados a sus rituales.
Tal es la devoción vivida en esta ciudad mi Khan, tal es el culto a los que ya se han ido; las personas como los espectros sobreviven del sentimiento que les produce pensar en que hubo tiempos mejores, y es precisamente en esta ciudadela vieja y en ruinas donde pueden tener ese espacio de memoria y olvido... Tal es la fuerza, mi Khan, de aquello que hubo y habría sido.
El Khan que atento había escuchado se levantaba ahora con gesto apático:
-¿Y por qué lo hacen? ¿Que acaso creen que son dioses o maravillosos genios que cumplirán todos sus sueños?
-¿Te molesta acaso que tu gente dependa de sus recuerdos?- replicaba Polo
-No. Lo que realmente me molesta es que pienso que al parecer este imperio no necesita un emperador,..
-Entonces ¿Qué mi Khan?-
-lo que necesita es un muerto....
martes 7 de abril de 2009
El ahora en la arena.
y no somos más que el escandeo interminable de las horas,
la vida triste se desvanece pronta
-y a la vista aquello por irse y no aquello que se ha ido.-
Entonces luchamos incesantes contra las corrientes del río
queriendo evitar la cara del mar que es el frío fracaso;
Y desprovistos de ideas cedemos a las máscaras para burlar lo inevitable;
el ocaso en el espejo
¿Dónde ha quedado acaso la posibilidad de una memoria,
de una lápida inerte, una honra esclarecida?
¿Dónde ha quedado ese cielo, esa elegía necesaria?
¿Acaso ya no hay rosa que pueda evitar su horrible destino
de vivir más de una vida?
De tanto huirle a la muerte
y proclamar permanencia
hemos también olvidado el olvido.