Me siento solo,
completamente solo en el infinito círculo de la mesa.
Contemplo la ausencia en la silla del frente,
el sol de la tarde la corta con parsimonia celestial.
Miro mis manos confortables:
carne que yace tranquila en la comodidad café de la madera.
lentamente alejo la mirada de mi centro,
alejo los pensamientos de mi cuerpo y dejo que mi ego se disipe en el poniente.
El puesto está vacio.
Está vacío por que no hay nadie
Nadie.
Es el silencio de alguien más.
Alguien más.
Imágenes empiezan a surgir como sombras platónicas,
reflejos en cerrados párpados que dormitan debido al calor vespertino:
Hombres y mujeres de materia oscura, masas hechas de imaginación y memoria
únicamente existentes gracias al olvido;
se aparecen ante mi en esa descansada e incomoda siesta en el comedor abandonado.
Pero,
una vez he recuperado al universo,
y todos los hombres se me presentan como un nudo molesto y onírico,
desecho lentamente las posibilidades pitagóricas de los probabilísticos encuentros
y recreo a la primera persona:
ojos, manos, labios, sonrisa
(polvo, sueño, arena, agonía)
Ella...
Y entonces las manos se estremecen súbitamente.
La membrana roja de mis ojos, confortada entonces por la luz naranja,
se transforma en molesto brillo.
El calor desespera mi rostro y sofoca,
en un suspiro exhausto,
el intento de despertarme.
ya no siento la multitud imaginada,
y la sombra se torna de nuevo en sombra...
El mundo ha desaparecido de mi sala,
(mis labios secos)
y puedo contemplar de nuevo la silla...
la silla tan vacía como siempre
martes, 7 de abril de 2009
lunes, 6 de abril de 2009
A la foto de una joven dama.
“Sangre o marfil o tenebrosa
como en sus manos, invisible rosa.”
J.L. Borges.
La dama de la foto no es la Dama,
ésta es inmarcesible como la rosa que sostiene.
Es objeto al tiempo inasible,
amuleto preciado de una tarde memorable,
es eternidad sin posibilidad de olvido.
La dama de mi mente en cambio,
aunque tampoco sea verdadera
y no goce de la inmortalidad de aquella en el retrato
(se pierde fácilmente, es por otras suplantada)
la prefiero sobre la primera.
Porque Ella, tejida delicadamente en la memoria,
no es como La Flor por siempre silenciosa
sino la que vive y muere en cualquier espino.
Es materia de la ausencia
es oblivion infinito,
es el recuerdo de la rosa
que lentamente, con el paso de los años,
despoja de su cuerpo algunos pétalos
como diciendo:
soy la dama, la verdadera dama,
porque muero.
como en sus manos, invisible rosa.”
J.L. Borges.
La dama de la foto no es la Dama,
ésta es inmarcesible como la rosa que sostiene.
Es objeto al tiempo inasible,
amuleto preciado de una tarde memorable,
es eternidad sin posibilidad de olvido.
La dama de mi mente en cambio,
aunque tampoco sea verdadera
y no goce de la inmortalidad de aquella en el retrato
(se pierde fácilmente, es por otras suplantada)
la prefiero sobre la primera.
Porque Ella, tejida delicadamente en la memoria,
no es como La Flor por siempre silenciosa
sino la que vive y muere en cualquier espino.
Es materia de la ausencia
es oblivion infinito,
es el recuerdo de la rosa
que lentamente, con el paso de los años,
despoja de su cuerpo algunos pétalos
como diciendo:
soy la dama, la verdadera dama,
porque muero.
viernes, 3 de abril de 2009
Lejos.
Lejos, tan lejos como se puede
más allá de la tierra misma
probablemente en un océano,
en una extraña selva negra e irresoluta.
Lejos en los jardines más perdidos y olvidados,
en las historias que hablan sobre ellos.
Lejos en las palabras más ignotas y desoladas,
en un larga lista en arameo;
en un pequeño grano recurrente
con sus multiplicidades infinitas.
Lejos en el canto del pasado,
y en el inconcluso minuto del presente.
Lejos donde la bruma no llega con frío,
lejos donde los rezos se desorientan,
lejos donde no es donde
lejos donde se pierden las cometas.
Lejos, allá, lejos,
fue a dar finalmente el alma
esa alma mía que huía de tus ojos que no amaban.
más allá de la tierra misma
probablemente en un océano,
en una extraña selva negra e irresoluta.
Lejos en los jardines más perdidos y olvidados,
en las historias que hablan sobre ellos.
Lejos en las palabras más ignotas y desoladas,
en un larga lista en arameo;
en un pequeño grano recurrente
con sus multiplicidades infinitas.
Lejos en el canto del pasado,
y en el inconcluso minuto del presente.
Lejos donde la bruma no llega con frío,
lejos donde los rezos se desorientan,
lejos donde no es donde
lejos donde se pierden las cometas.
Lejos, allá, lejos,
fue a dar finalmente el alma
esa alma mía que huía de tus ojos que no amaban.
martes, 31 de marzo de 2009
Para lo que sirven las letras a un hombre enamorado.
El papel ajado con violencia no es más que una rutina,
-es sabido que de costumbre el poeta arremete contra sus palabras y las tuerce:
violenta los versos para dejarlos inservibles, se desquita agresivo, lo desbarata.-
Las comas y los puntos se derraman como sangre,
y el papel roto resuelve por relegar al vacío los mejores verbos del poema.
No quedan más que múltiples adjetivos que no sirven. Sólo se sobreponen.
Le describen a la amada exponencialmente, la detallan,
la perfeccionan
la exaltan.
Lentamente la materializan, avivan su carne como un retaso de artesanía inolvidable,
poco a poco establecen con desdén cada mecanismo de su insoportable levedad y, aunque no la traen a la vida,
la recrean estática y tangible a los labios.
Por eso le toca el papel de homicida al poeta cuando está enamorado,
por eso al hombre le suenan a silencio las palabras cuando ama:
por que no le sirven sino para recuperar nostalgias
o conquistar tierras sostenidas en el polvo.
Y ambos saben tristemente lo que ello significa:
las palabras
en la minuciosa pero imposible tarea de asir lo amado,
no son sino rastros y tumbas de un cuidadoso fracaso.
El giro patético de unas horas perdidas.
Por eso el papel (y pronto los papeles)
yace(n) al borde del abismo en la mesa,
debatiéndose en la gravedad del asunto su único y perturbador destino:
si bien a las alturas mausoleícas del retablo,
bien en las frías y planas latitudes del suelo,
el poema es condenado a rellenar el vacío y no ser más que negro sobre blanco,
obligado por Amor hipócrita (ese sínico desgraciado) a ser contrato, receta, lista u olvido.
Línea sobre línea acumulando imposibles, evitando aquello que planeó decir desde un principio (ahora lejano), espera la hoja a ser desechada como una lágrima del Tiempo
-es sabido que de costumbre el poeta arremete contra sus palabras y las tuerce:
violenta los versos para dejarlos inservibles, se desquita agresivo, lo desbarata.-
Las comas y los puntos se derraman como sangre,
y el papel roto resuelve por relegar al vacío los mejores verbos del poema.
No quedan más que múltiples adjetivos que no sirven. Sólo se sobreponen.
Le describen a la amada exponencialmente, la detallan,
la perfeccionan
la exaltan.
Lentamente la materializan, avivan su carne como un retaso de artesanía inolvidable,
poco a poco establecen con desdén cada mecanismo de su insoportable levedad y, aunque no la traen a la vida,
la recrean estática y tangible a los labios.
Por eso le toca el papel de homicida al poeta cuando está enamorado,
por eso al hombre le suenan a silencio las palabras cuando ama:
por que no le sirven sino para recuperar nostalgias
o conquistar tierras sostenidas en el polvo.
Y ambos saben tristemente lo que ello significa:
las palabras
en la minuciosa pero imposible tarea de asir lo amado,
no son sino rastros y tumbas de un cuidadoso fracaso.
El giro patético de unas horas perdidas.
Por eso el papel (y pronto los papeles)
yace(n) al borde del abismo en la mesa,
debatiéndose en la gravedad del asunto su único y perturbador destino:
si bien a las alturas mausoleícas del retablo,
bien en las frías y planas latitudes del suelo,
el poema es condenado a rellenar el vacío y no ser más que negro sobre blanco,
obligado por Amor hipócrita (ese sínico desgraciado) a ser contrato, receta, lista u olvido.
Línea sobre línea acumulando imposibles, evitando aquello que planeó decir desde un principio (ahora lejano), espera la hoja a ser desechada como una lágrima del Tiempo
lunes, 2 de febrero de 2009
martes, 27 de enero de 2009
Ayer
recorrí,Errático en las ruinas de mi triste biblioteca,
Las páginas de aquellos poemas olvidados sin dedicatoria
Ahora los miro.
Los miro incrédulo:las letras se difuminan en un profundo amarillo
Y se pierden en la hoja como ancianos encorvados convirtiéndose en polvo.
El sol naranja de la tarde regado en los folios y la mesa
(vestigio de un ocaso)
Me hace sentir que alguna vez los escribí por amor.
Pero luego…
En la noche poniente que se destila después de las horas,
Ya cansados mis ojos de tanto devorar las sombras de mi pasado,
Recuerdo que los escribí para ti
Y también recuerdo por qué los había olvidado…
lunes, 19 de enero de 2009
Craig.
Aqui va uno en inglés...
I’ve been trying to decipher,
now for a while,
the guy there standing; the one getting drunk at the window,
loathing, against the blue wall and the book shells.
He,
,
reads poetry.
The wine in his hands shakes as for he’s already trashed out,
and the lip trace outstanding at the very edge of the cup
suddenly mingles with that of what he reads:
No longer could I differ which one
-I mean the words floating on the Cabernet-or the shadow lips on the glass,
was the real poem.
Still, I concentrate,
I do want to translate him,
and I fight against the moody bookstore full of beautiful text-cores
and the fact I could fall in love with him.
He unfolds,
he continues on his Dionysic ritual,
He spares his life on that anonymous window
reading what I consider the one same undressed-body of Persephone.
He himself, becomes Mimesis of his own image inside the windowpane,
-Beyond Eikasia- I think
and for a moment the insipient silence of the audience disappear
and a vague ovation emerges from their meat.
The white, tall & well-oiled machine has now stopped.
His already purple mouth has been put into stand-by while his hands,
mechanical indeed,
pursue the missing letters from some poem.
“This one I found profound and appropriate” he might say
but he prefers an undercover giggle,
spreading through the melting bodies around him.
He stabs his eyes on the paper as if the words were trying to escape from a predator.
Pause----------------------------------------Breathe.
The bloody (torn apart) corpse of the poem hangs from his red-moisty lips
as he swings in a sort of primeval erotism;
the dust of those religious non-read books at the store’s most uncertain section
turns into a dimming fog floating against the faces of those hoping any kind of sexual act involving his soft-core pronunciation.
He (again)
,
reads poetry
Though the wine is now dry,
and for me,
I have fallen dead
or in love.
Maybe both.
... So said Persephone.
I’ve been trying to decipher,
now for a while,
the guy there standing; the one getting drunk at the window,
loathing, against the blue wall and the book shells.
He,
,
reads poetry.
The wine in his hands shakes as for he’s already trashed out,
and the lip trace outstanding at the very edge of the cup
suddenly mingles with that of what he reads:
No longer could I differ which one
-I mean the words floating on the Cabernet-or the shadow lips on the glass,
was the real poem.
Still, I concentrate,
I do want to translate him,
and I fight against the moody bookstore full of beautiful text-cores
and the fact I could fall in love with him.
He unfolds,
he continues on his Dionysic ritual,
He spares his life on that anonymous window
reading what I consider the one same undressed-body of Persephone.
He himself, becomes Mimesis of his own image inside the windowpane,
-Beyond Eikasia- I think
and for a moment the insipient silence of the audience disappear
and a vague ovation emerges from their meat.
The white, tall & well-oiled machine has now stopped.
His already purple mouth has been put into stand-by while his hands,
mechanical indeed,
pursue the missing letters from some poem.
“This one I found profound and appropriate” he might say
but he prefers an undercover giggle,
spreading through the melting bodies around him.
He stabs his eyes on the paper as if the words were trying to escape from a predator.
Pause----------------------------------------Breathe.
The bloody (torn apart) corpse of the poem hangs from his red-moisty lips
as he swings in a sort of primeval erotism;
the dust of those religious non-read books at the store’s most uncertain section
turns into a dimming fog floating against the faces of those hoping any kind of sexual act involving his soft-core pronunciation.
He (again)
,
reads poetry
Though the wine is now dry,
and for me,
I have fallen dead
or in love.
Maybe both.
... So said Persephone.
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